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Etnobotánica

Del jabón de Alepo al de Castilla: la historia vegetal del jabón mediterráneo

Mucho antes de la sosa industrial, distintas plantas de ambientes salinos aportaban los álcalis necesarios para fabricar jabón. De Alepo a Castilla, la historia del jabón también es una historia de halófitas, cenizas y química vegetal.

Pastillas tradicionales de jabón de Alepo
Jabón tradicional de Alepo · Foto: Bernard Gagnon · CC BY-SA 3.0

ACEITE, AGUA Y UN ÁLCALI

Mucho antes de que la palabra «sosa» nos hiciera pensar en un producto químico fabricado industrialmente, una parte de la química necesaria para elaborar jabón podía obtenerse directamente del paisaje.

Y algunos de esos paisajes eran precisamente los saladares.

La historia del jabón mediterráneo conecta el aceite de oliva con un grupo de plantas que hoy conocemos bien en VERDESAL: las halófitas.

Para entender por qué hay que empezar por la química más básica del jabón.

El jabón se forma cuando determinadas grasas reaccionan con una sustancia alcalina mediante un proceso denominado saponificación.

En gran parte de la tradición jabonera mediterránea, una de las grasas más importantes fue el aceite de oliva.

Pero el aceite por sí solo no se convierte en jabón.

Hace falta un álcali.

Actualmente podemos disponer de hidróxido de sodio o hidróxido de potasio de composición conocida y fabricados industrialmente.

Durante siglos no fue así.

Los jaboneros tenían que obtener las sustancias alcalinas a partir de las materias primas que tenían a su alcance.

Y una de las fuentes más importantes fueron las cenizas vegetales.

NO TODAS LAS CENIZAS ERAN IGUALES

Quemar una planta destruye gran parte de su materia orgánica, pero los elementos minerales que había acumulado en sus tejidos permanecen en las cenizas.

La composición de esas cenizas depende de la especie, del suelo donde ha crecido y de las condiciones ambientales.

Y aquí las plantas de terrenos salinos presentaban una característica especialmente interesante.

Muchas halófitas son capaces de vivir en ambientes con elevadas concentraciones de sales y gestionar grandes cantidades de iones en sus tejidos.

Al quemarlas, sus cenizas podían resultar especialmente ricas en sales alcalinas.

Diversas plantas de géneros como Salsola, Salicornia, Sarcocornia, Suaeda y otros grupos de ambientes salinos se aprovecharon históricamente con este objetivo.

Sus cenizas podían proporcionar compuestos alcalinos que posteriormente se utilizaban en actividades como la fabricación de jabón y vidrio.

Aquellas plantas recibieron distintos nombres según la especie, el territorio y la época:

sosa, barrilla, almajo, salicor, jabonera...

A veces esos nombres designaban una planta concreta.

Otras veces se utilizaban para varias especies parecidas.

Y, en determinados contextos, el mismo nombre podía acabar designando incluso el producto alcalino obtenido después de quemarlas.

Por eso debemos ser prudentes cuando intentamos relacionar un jabón histórico con una única especie vegetal.

La historia era bastante más compleja.

EL ALMAJO: CUANDO UNA PLANTA DEL SALADAR SE CONVERTÍA EN QUÍMICA

Uno de los nombres que mejor resume esta relación es almajo.

Con este término se han denominado distintas plantas propias de saladares y marismas.

Una de las especies especialmente asociadas a esta tradición es Arthrocnemum macrostachyum, actualmente también tratada taxonómicamente como Arthrocaulon macrostachyum.

No deja de ser significativo que entre sus nombres populares aparezcan expresiones como:

sosa jabonera

o

jabonera.

El aprovechamiento comenzaba en el propio saladar.

La planta se recolectaba y se dejaba secar.

Después se quemaba.

Pero el objetivo no era simplemente producir un montón de cenizas.

Lo verdaderamente valioso era obtener de aquella materia vegetal una concentración suficientemente elevada de sustancias minerales alcalinas.

A partir de las cenizas podía prepararse una lejía alcalina.

Y esa lejía podía reaccionar después con grasas o aceites para producir jabón.

Un arbusto creciendo en un terreno salino podía acabar convertido en una materia prima para la industria química de su época.

EL JABÓN DE ALMAJO

Esta relación entre las plantas salinas y la producción de jabón tuvo expresiones locales especialmente interesantes.

Una de ellas aparece en Sanlúcar de Barrameda, donde existe una tradición histórica vinculada al denominado jabón de almajo.

La historia jabonera de la zona recuerda algo que hoy resulta fácil olvidar:

el proceso podía comenzar mucho antes de entrar en la jabonería.

Comenzaba con la recolección vegetal.

El almajo se recogía en ambientes salinos, se secaba y posteriormente se sometía a combustión para obtener una materia rica en sales alcalinas.

En la tradición conservada y divulgada actualmente en Sanlúcar aparece incluso el denominado horno de ceniza de almajo.

El horno era el punto donde aquella planta del saladar empezaba a transformarse en otra cosa.

Después, sus cenizas podían convertirse en la fuente alcalina que necesitaba el jabonero.

Así se conectaban dos paisajes aparentemente alejados:

la marisma y la jabonería.

Antes de que la industria química fabricase la sosa, había que encontrarla de alguna manera en el territorio.

EL MAESTRO BARRILLERO

La obtención de barrilla tampoco consistía simplemente en amontonar plantas secas y prenderles fuego.

Llegó a ser un oficio especializado.

El encargado de controlar el proceso era conocido en distintas zonas como maestro barrillero o quemador.

Su trabajo requería experiencia.

Las plantas secas se introducían progresivamente en un hoyo u horno preparado en el terreno.

Era necesario mantener la combustión durante muchas horas, controlar la entrada de aire y continuar alimentando el fuego.

Mientras las plantas ardían, la fracción mineral podía alcanzar temperaturas elevadas y formar una masa fundida o semipastosa.

El barrillero debía removerla y trabajarla para conseguir un producto compacto y aprovechable.

El objetivo no era obtener simplemente ceniza suelta.

De aquel proceso podía surgir una masa dura conocida como piedra de barrilla.

Una vez enfriada, podía romperse, transportarse y comercializarse.

Aquello convertía una vegetación que crecía en terrenos difíciles para la agricultura convencional en una materia prima con valor económico.

Y detrás de esa transformación había conocimiento.

El barrillero sabía leer el fuego, la planta y el comportamiento de la masa.

LA BARRILLA SE CONVIRTIÓ EN UNA INDUSTRIA

Con el tiempo, la demanda de álcalis para fabricar jabón y vidrio hizo que la recolección espontánea dejara de ser suficiente.

En distintas zonas del sureste peninsular, las plantas barrilleras llegaron a cultivarse expresamente.

Durante el siglo XVIII, la barrilla se convirtió en una materia prima comercial de considerable importancia.

Se recolectaban plantas adaptadas a terrenos áridos o salinos, se secaban y después se quemaban siguiendo procedimientos destinados a obtener una masa alcalina de la mejor calidad posible.

No todas las especies producían exactamente el mismo resultado.

No todas las tierras daban la misma planta.

Y no toda la barrilla tenía el mismo valor comercial.

La calidad del producto dependía de la especie utilizada, del terreno, de la combustión y de la experiencia de quienes realizaban el proceso.

Entre las plantas relacionadas con esta actividad aparecen diferentes especies de Salsola y otros géneros halófitos o tolerantes a la sal.

Por eso expresiones como «barrilla» o «sosa» deben interpretarse con cuidado cuando aparecen en fuentes históricas.

Podían referirse a una planta, a varias plantas diferentes o al producto obtenido después de quemarlas.

DEL MEDITERRÁNEO ORIENTAL: EL JABÓN DE ALEPO

La necesidad química era la misma mucho más al este del Mediterráneo.

Uno de los grandes ejemplos es el jabón de Alepo.

Su tradición está profundamente asociada a dos aceites:

aceite de oliva y aceite de laurel.

La artesanía del jabón Ghar de Alepo fue inscrita en 2024 por la UNESCO en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La elaboración tradicional descrita por UNESCO combina aceite de oliva, aceite de laurel y una lejía natural.

La mezcla se cuece y posteriormente se extiende formando una gran superficie de jabón.

Cuando se enfría, los artesanos la cortan en cubos, estampan cada pieza y las pastillas se apilan de manera que pueda circular el aire.

Después comienza algo que también forma parte del producto:

el tiempo.

Las pastillas pueden permanecer secándose durante entre seis y nueve meses.

El jabón cambia mientras envejece.

Su exterior se seca y adquiere tonalidades diferentes a las del interior.

Pero para nuestra historia hay un componente especialmente importante:

la lejía natural.

Porque el aceite de oliva y el aceite de laurel tampoco pueden convertirse en jabón sin un medio alcalino.

¿SE HACÍA EL JABÓN DE ALEPO CON SALICORNIA?

Aquí conviene detenernos.

Es tentador construir una historia sencilla:

salicornia → cenizas → jabón de Alepo.

Pero no tenemos base suficiente para atribuir de forma general el jabón de Alepo específicamente a Salicornia.

Las sociedades del Mediterráneo oriental utilizaron diferentes fuentes de álcalis vegetales y los nombres históricos empleados para estas plantas no siempre permiten trasladarlos directamente a una especie botánica actual.

En distintas regiones se aprovecharon plantas de ambientes salinos y áridos capaces de producir cenizas ricas en compuestos alcalinos.

Eso sí podemos decirlo.

También podemos decir que estamos ante una lógica tecnológica común a muchos territorios mediterráneos:

aceites vegetales + una fuente de álcali = jabón.

Lo que cambia es qué aceites, qué plantas, qué materias minerales y qué técnicas estaban disponibles en cada lugar.

Así que el vínculo entre Alepo y nuestras halófitas no es una supuesta «receta de salicornia».

Es algo mucho más interesante:

forman parte de una historia mediterránea en la que determinadas plantas fueron utilizadas como fuente de química.

DEL AL-QALI AL ÁLCALI

Incluso el lenguaje conserva la memoria de aquella tecnología.

La palabra álcali tiene un origen relacionado con el árabe y con las cenizas obtenidas por calcinación de determinadas plantas.

Es una huella lingüística de una época en la que química, botánica y territorio estaban mucho menos separados de lo que hoy imaginamos.

Una planta podía ser alimento.

Podía ser combustible.

Podía proporcionar fibras.

Y también podía proporcionar sustancias utilizadas en procesos que hoy consideraríamos industriales.

¿Y EL JABÓN DE CASTILLA?

En la península ibérica se desarrolló otra gran tradición jabonera asociada principalmente al aceite de oliva.

Con el tiempo, el nombre jabón de Castilla quedó vinculado a un jabón duro, claro y de buena calidad, cuya materia grasa característica era precisamente ese aceite.

Su prestigio hizo que el nombre trascendiera el territorio y acabara utilizándose mucho más allá de Castilla.

Pero cuando contamos su historia solemos fijarnos casi exclusivamente en el aceite.

Y falta la otra mitad de la reacción.

Sin álcali no hay jabón.

Antes de la disponibilidad de sosa industrial, las cenizas de plantas barrilleras constituían una de las fuentes que permitían proporcionar ese componente.

Así, detrás de un producto que asociamos fundamentalmente a olivares existía también otro paisaje menos conocido:

el saladar.

El olivo proporcionaba la grasa.

Las plantas barrilleras podían proporcionar parte de la química necesaria para transformarla.

ALEPO Y CASTILLA: PARECIDOS, PERO NO IGUALES

No debemos presentar el jabón de Alepo y el jabón de Castilla como si fueran exactamente el mismo producto.

No lo son.

Alepo está característicamente asociado al empleo conjunto de aceite de oliva y aceite de laurel.

Castilla quedó asociado sobre todo al aceite de oliva.

También existen diferencias históricas en técnicas, proporciones, materias primas y tradiciones locales.

Pero sí comparten algo muy importante.

Ambos pertenecen a una cultura mediterránea del jabón en la que los aceites vegetales y las fuentes de álcalis disponibles en el territorio se combinaron para desarrollar productos que terminaron adquiriendo fama mucho más allá de sus lugares de origen.

Y durante buena parte de esa historia, las plantas desempeñaron un papel que hoy ocupa la industria química.

¿SON ESPECIALES PARA LA PIEL?

Los jabones tradicionales de Alepo, Castilla y otros jabones elaborados principalmente a partir de aceites vegetales han adquirido con el tiempo fama de productos suaves.

En el caso del jabón de Alepo suele destacarse además la presencia del aceite de laurel.

Y no es extraño encontrar actualmente afirmaciones que recomiendan estos jabones para:

piel sensible,

eczema,

psoriasis,

o dermatitis atópica.

Aquí debemos volver a hacer exactamente lo mismo que hacemos cuando hablamos de alimentación y salud:

separar tradición, experiencia de uso y evidencia clínica.

Que un jabón tenga una formulación sencilla, que no incorpore determinados perfumes o que una persona concreta lo tolere bien no significa automáticamente que pueda tratar una enfermedad dermatológica.

LA PIEL ATÓPICA NECESITA ESPECIAL CUIDADO

La dermatitis atópica implica una alteración de la barrera cutánea.

Y uno de los factores que importan es precisamente el pH.

La superficie de una piel sana mantiene normalmente un entorno ligeramente ácido.

Los jabones verdaderos obtenidos mediante saponificación son, en cambio, productos alcalinos.

Eso significa que un jabón tradicional puede elevar temporalmente el pH de la superficie cutánea y eliminar parte de sus lípidos.

En determinadas personas puede tolerarse perfectamente.

En otras, especialmente si existe una barrera cutánea alterada, puede contribuir a sequedad o irritación.

Por eso las recomendaciones dermatológicas modernas suelen insistir en productos de limpieza suaves, poco irritantes y adaptados a las necesidades de la piel atópica.

“Natural” no significa automáticamente “mejor para una piel enferma”.

ENTONCES, ¿POR QUÉ TIENEN FAMA DE JABONES SUAVES?

Parte de esa reputación puede tener una explicación razonable.

Las formulaciones tradicionales pueden ser relativamente sencillas.

Un producto con pocos ingredientes y sin determinados perfumes o aditivos puede resultar mejor tolerado por algunas personas que otro limpiador con sustancias que les produzcan irritación o sensibilización.

Pero eso es diferente de afirmar que el jabón trate una dermatitis.

Podemos hablar de tradición.

Podemos hablar de composición.

Podemos hablar de tolerancia individual.

No deberíamos presentarlo como un tratamiento para la dermatitis atópica, el eczema o la psoriasis sin evidencia clínica que lo demuestre.

CUANDO UNA PLANTA ERA TAMBIÉN UNA MATERIA PRIMA INDUSTRIAL

Hoy vemos una salicornia, una salsola, una sarcocornia o un almajo fundamentalmente como plantas de un ecosistema.

En VERDESAL, además, algunas de estas plantas forman parte de nuestro trabajo agronómico, gastronómico y divulgativo.

Pero durante siglos una planta podía observarse de una manera completamente diferente.

No importaba solamente si era comestible.

Importaba qué minerales acumulaba.

Qué ocurría cuando se quemaba.

Qué podía extraerse de sus cenizas.

Y qué podía fabricarse con ellas.

Las mismas adaptaciones que permiten a determinadas plantas sobrevivir en un ambiente salino hicieron posible que los seres humanos encontraran en ellas una fuente de materias primas.

UNA MIRADA ETNOBOTÁNICA

Eso es precisamente lo que hace fascinante a la etnobotánica.

No consiste únicamente en preparar una lista de plantas y explicar para qué servía cada una.

Consiste en entender la relación entre una sociedad y el paisaje en el que vivía.

Cuando no existía una fábrica capaz de suministrar hidróxido de sodio en sacos perfectamente estandarizados, alguien tenía que descubrir dónde encontrar sustancias alcalinas.

Y parte de la respuesta estaba creciendo en los saladares.

Después hicieron falta personas capaces de reconocer las especies útiles.

Recolectarlas.

Secarlas.

Construir hornos.

Controlar la combustión.

Trabajar la barrilla.

Transportarla.

Y finalmente utilizarla en una jabonería o una fábrica de vidrio.

Una planta conectaba el saladar con un oficio, el oficio con una industria y la industria con objetos que acababan formando parte de la vida cotidiana.

LAS HALÓFITAS MÁS ALLÁ DEL PLATO

En VERDESAL trabajamos principalmente con las halófitas como cultivos y alimentos.

Pero conocer su historia permite mirar estas plantas de otra manera.

Una salicornia puede ser una verdura.

Una salsola puede formar parte de una tradición culinaria.

Un almajo puede ser una especie característica de una marisma.

Y todas ellas pertenecen también a una historia mucho más antigua de conocimiento y aprovechamiento de los ambientes salinos.

Durante siglos, aquello que crecía en un suelo aparentemente difícil podía convertirse en una materia prima valiosa.

El saladar no era un espacio vacío o improductivo. Era también un almacén de recursos para quien sabía interpretarlo.

CIERRE

Hoy compramos la sosa.

Durante siglos hubo que cultivarla, recolectarla o buscarla en el paisaje.

Y quizá esa sea una de las mejores formas de entender lo mucho que ha cambiado nuestra relación con las plantas.

Antes de ser un nombre químico escrito en una etiqueta, parte de esa química:

crecía en el saladar.